De los Tesoros de la Vida
M I D A S
noviembre, 2016.
Por: Siomara Salmerón.
Una de las cosas que me caracteriza, y
no solo yo puedo decirlo, es mi facilidad para despegar cuando encuentro una excusa para ponerme a filosofar.
Puedo pasar horas reflexionando entorno a algún tema. Podría comparar ese
proceso con viajar en sueños, aunque este podría también ser un tema acerca del
cual escriba luego. En fin… Hoy recibí un
maravilloso e inesperado presente, me parece que uno de los más
trascendentales, para comprender e integrar en mi ser, y tiene que ver con
algunas cosas de las que anduve leyendo recientemente: la transmutación y los descubrimientos.
Cómo puede ser de dinámica la vida que
nos va guiando a través de sensaciones de carencias o de excesos, dándonos
experiencias tormentosas, paces, y
relajos. Asimismo, un día que andamos hurgando dentro de esos espacios a través
de los cuales la existencia pretende enseñarnos a comprenderla, nos fijamos
‘con nuevos ojos’ en esta cosa,
viejísima, que siempre estuvo ahí. Siempre. Esta
cosa es ahora nueva, aunque lo único nuevo sea realmente que la hemos
vuelto a mirar. Hemos notado sus colores, nos inspira cosas; nos hace
detenernos a elegir el lugar que ocupará: –En el escritorio no hay espacio, en
la mesita de noche sería víctima de ‘sonambulismos’, en los estantes de la
biblioteca no cabe siquiera un libro más,... Esta nueva cosa es especial– decimos –Necesita un lugar.
Si revisamos los álbumes familiares,
vemos que el nuevo objeto sale retratado
con nosotros en la infancia, ya mamá nos recordó que nos lo regaló aquel tío…
¡Y sí! ¡Ahora sabemos que el sujeto de descubrimiento no ‘es’ solo porque lo
hemos mirado, sino que ya ‘era’ antes de ser redescubierto! Lleva un tiempo con
nosotros y sin haberle puesto atención estuvo bajo nuestro “cuidado”: si apenas
continúa ‘junto nuestro’ es porque ha estado cerca suficiente como para que
siga estando. El caso es que el objeto, en sí mismo, solo era, estaba,
existía. Hoy nosotros somos grandes, tenemos un color preferido, leemos por las
noches, ya hemos pintado el cuarto varias veces y lo hemos elegido nosotros,
ahora atendemos que todo combine y nos fijamos en la entrada de la luz por la
ventana así que unos días cierras las cortinas, otros no,… Tú has cambiado, te
has vuelto complejo, ya habías olvidado aquella cosa que ahora tienes la
oportunidad de valorar, que esta vez eliges
conservar porque ‘la has encontrado’. Lo curioso del ‘fulano regalo’ con el que nos hemos reencontrado, es que es nuestro nuevo tesoro,… Este peluche,
este llavero, este cofre, ahora representa algo, y no solo porque existe sino
porque encierra una antigua y valiosa parte de nosotros, porque lo (la) hemos
vuelto a mirar. Es éste el regalo que he recibido hoy: he descubierto el poder
de transformar algo común en un tesoro solo con verlo. Esto me hizo recordar el
mito del rey Midas, a quien Dioniso (dios del vino y la vendimia) otorgó el don
de transformar en oro todo lo que tocara -claro que Midas no podía ni comer, de
modo que terminó rogando para que le fuera revertida aquella concesión-.
Quisiera poder llamar a este hallazgo mío ‘una introducción al arte de la
alquimia’, pero seguro que miles de filósofos y estudiosos de la química y
las artes ocultas se sentirían muy recelosos. De cualquier modo, me arriesgaré
siempre a defender que cada individuo es dueño y creador de sus propias artes,
y encarna sus propios misterios.
Referencia acerca del mito de Midas, el
rey que podía convertirlo todo en oro con solo tocarlo:
(http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/7060/midas_rico_rey_frigia.html).
(http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/7060/midas_rico_rey_frigia.html).
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